Los Caficultores

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Colombia es un país de contrastes. No sólo de contrastes geográficos, climáticos y naturales sino también de contraste culturales, de costumbres, tradiciones, creencias y formas de vida de acuerdo a la región en la que se habite. Sin embargo alrededor del cultivo del café se han forjado una serie de firmes creencias y valores que tienen un gran impacto no solo sobre la calidad final del café 100% colombiano sino sobre la pasión y dedicación asociada con su cultivo.


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Para empezar es bueno recordar que las más de 500,000 familias productoras de  café  habitan nuestro país desde las provincias que limitan con Ecuador, en el sur, hasta aquellas que bordean el mar Caribe en el Norte. A lo largo de casi 3,000 kilómetros de valles interandinos, desde el extremo sur hasta el extremo norte de Colombia, viven los productores en nuestras regiones cafeteras. Como se observa en el siguiente mapa, en tierra del café en Colombia se cultiva un grano alta montaña, con plantaciones significativas en 16 departamentos de nuestro país, donde operan Comités Departamentales de Cafeteros.


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En su gran mayoría los cafeteros colombianos viven en pequeñas fincas o parcelas cuyos cultivos de café, en promedio, no superan las 2 hectáreas. Solamente algo más  del 5% de los productores colombianos de café tienen plantaciones de un tamaño superior a las 5 hectáreas. La reducida dimensión de sus cultivos ha permitido mantener una vocación esencialmente familiar en la industria cafetera colombiana. La gente del café en Colombia tiene a la familia como una de sus prioridades y valores.


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El arduo trabajo que implica llevar un café de calidad del árbol a la taza permite entender la importancia de todos los procesos donde interviene el productor colombiano para obtener el café con las características de calidad con las que se distingue el Café de Colombia. Dada la estructura de la propiedad y el tamaño promedio de las fincas cafeteras colombianas, las labores de recolección y post cosecha las realizan los mismos productores, garantizando un compromiso especial con el producto que sale de su finca.


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De manera similar, son los mismos pequeños productores quienes, al emplearse como recolectores de las fincas de mayor extensión, consolidan la cultura cafetera de calidad que se ha desarrollado en las diferentes regiones del país. En consecuencia, gracias a esta interacción se ha desarrollado una cultura de calidad asociada con el trabajo duro y casi artesanal asociado con la obtención de un café sobresaliente, de calidad superior. La excelente calidad del grano colombiano sorprende no sólo por el gran número de productores que hay en el país, sino por la dispersión del cultivo a lo largo y ancho de la variada, y hasta hace relativamente poco aislada, geografía nacional. Alrededor del café en Colombia se ha conformado  una de las redes sociales con mayor diversidad de culturas y rasgos en los que están incluidas diferentes comunidades indígenas, afro-descendientes y herederos de los colonos de origen blanco o mestizo, todos con diversas manifestaciones culturales  entre las regiones.  Se trata de gente cuya música, acento y hasta lengua pueden variar significativamente, con influencia Caribe o claramente andina, que le aporta con su maravillosa idiosincrasia a la gran familia de los cafeteros colombianos.  Sin dejar a un lado su cultura particular, los cafeteros colombianos han dejado sus diferencias a un lado para trabajar unidos en obtener objetivos comunes y han aprendido a desarrollar un espíritu de colaboración y comunitario difícil de replicar en otros ámbitos. La gente del café en Colombia ha desarrollado un espíritu comunitario y de acción colectiva que también hace parte de sus más preciados valores y que le ha permitido desarrollar ambiciosos programas de  sostenibilidad en acción.


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En 1927 se crea la Federación Nacional de Cafeteros,  como una organización gremial privada, sin ánimo de lucro, cuyo objetivo principal es defender el ingreso de los productores. Gracias al esfuerzo de la Federación la diversidad cultural de los productores no se tradujo en métodos de producción y cultivo sustancialmente diferentes, garantizando que detrás del producto siempre se apliquen los mejores estándares de calidad y la mejor ciencia y tecnología, lo que ha permitido al Café de Colombia desarrollar políticas de garantía de origen.

La existencia de más de medio millón de caficultores demuestra la importancia que tiene el café para el bienestar económico y social de Colombia. Cuando la Federación Nacional de Cafeteros cumplió setenta años de existencia en 1997, el profesor Mancur Olson de la Universidad de Maryland, cuyos trabajos sobre acción colectiva y la caída y ascenso de las naciones son considerados seminales en economía y ciencia política, calificó al esquema que agremia a los cafeteros colombianos como un caso único en el mundo. Estas palabras describen con precisión el carácter singular que tiene la institucionalidad cafetera colombiana.


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A diferencia de lo que ha sucedido en el caso de otras agremiaciones de caficultores en el mundo, la Federación ha sido clave para el desarrollo de un grano de primera calidad y para garantizar que todos los productores participen de los beneficios económicos que se derivan de él. En el primer caso, el gremio cafetero ha construido desde hace varias décadas un conjunto de mecanismos para elevar y preservar la calidad del grano que se produce en el país, entre los que se destaca la marca y personaje Juan Valdez® y el Programa 100% Colombiano. En el segundo caso, la experiencia colombiana demuestra que las instituciones sí pueden solucionar las fallas que se presentan en ciertos mercados como el cafetero, donde grandes compradores tiene un mayor poder de negociación y mejor información que pequeños productores aislados en sus regiones de origen.


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En suma los valores de la gente del café en Colombia incluyen su  trabajo honesto, esfuerzo y dedicación permanentes, cultura de la calidad, y estrecho vínculo entre tradición familiar y el mundo moderno; valores que están presentes tanto en el personaje Juan Valdez como en cada habitante de la zona cafetera y que han  jugado un papel importante en el dinamismo de la región.  Las familias cafeteras unidas por sus principios de participación democrática, solidaridad, compromiso, búsqueda del bien común y desarrollo sostenible, conforman un capital social y estratégico y un modelo de paz para Colombia. Esta  cultura cafetera, uno de sus mayores valores, ha pasado de generación en generación y hoy sus jóvenes siguen este modelo de vida, como esperanza de futuro,  para lo que su comunidad y su Federación les busca mejores y mayores maneras de inclusión en la actividad cafetera. Se trata de gente 100% dedicada a transmitir lo mejor de sí mismos en su actividad.